Rafael Quiroz Serrano: Crítica a la “Venezuela Energética” (II)

Rafael Quiroz Serrano: Crítica a la “Venezuela Energética” (II)

Producción petrolera

En esta segunda entrega sobre el libro la “Venezuela Energética”, de los autores Leopoldo López y Gustavo Baquero (LL/GB), me referiré a la propuesta y mención de ellos -a través de todo el libro- de aumentar la producción petrolera venezolana. 

Nuestra propuesta apunta a un rango de producción entre los escenarios de restauración y renovación, proponiendo llevar la producción total venezolana en torno a los 5 millones de barriles por día” (p. 200). 





 Esta propuesta de LL/GB en nada se diferencia a la de Luis Giusti y Edwin Arrieta de llevarla a 6 millones de barriles diarios (b/d) para el 2003 y la de Hugo Chávez de aumentarla a 9 millones b/d (para el 2019). Pareciera que casi todos los políticos –sin excepción- ven en el petróleo una especie de redención social y una solución a todos los problemas que aquejan al país, antes que asuman el poder. Y aquí radica el problema, en que la gran mayoría de los políticos (no todos) tienen la firme creencia de que el petróleo suministra consigo los antídotos de todos los males del país y del subdesarrollo.    

Los incrementos de los volúmenes de producción a simple vista son “espejismos” de mayores ingresos fiscales para la nación. Sin embargo, esta tesis no es sostenible, y por consiguiente inviable dentro de la lógica de lo que es la economía petrolera, la geopolítica del petróleo y el mercado de los hidrocarburos. 

El petróleo por su gran significado geopolítico y geoestratégico, y ser no renovable, no puede ser medible como la mayoría de otros productos, artículos o materia prima; y esto, es lo que no entienden -a veces- la mayoría de los políticos, muchos de los ingenieros petroleros e incluso algunos economistas. Y de allí que hay cierta tendencia en Venezuela de hablar con ligereza sobre el aumento de la producción de petróleo. 

Nuestra condición de país eminentemente petrolero nos lleva a creer que todo lo solucionamos solo con abrir más el chorro de la producción, son criterios simplistas y efectistas; es decir, producir tantos barriles como problemas tengamos. El negocio del petróleo no consiste precisamente en producir a granel, sin que esto tenga efecto alguno en el mercado de los hidrocarburos. Y esto es lo que hay que medir.

Producir por producir, y si esa producción petrolera es cada día mayor, mejor aún, no importa el impacto que esto tenga en los precios y en el medio ambiente; porque, para los que así piensan, lo globalizado, “up to date”, “moderno” y “shick” es producir petróleo en grandes cantidades, bajo la falsa premisa que el sector petrolero, cual locomotora arrolladora e incontenible, moverá y dinamizará automáticamente todos los sectores, factores, ámbitos y rincones de la economía nacional; y por consiguiente un significativo incremento en la producción petrolera generará, con efecto multiplicador y en forma inmediata e infalible, una aceleración del consumo doméstico, nivel de empleo e ingreso, gastos de inversión, gasto público y privado, demanda de bienes y servicios, renta nacional y hasta “entrada de capitales” a borbotones. No hay duda que es una visión tan economicista y rentística como equivocada, pues la data histórica tanto de la producción como de los precios petroleros dicen todo lo contrario. 

   Es una especie de síndrome en la cual tienden a incurrir algunos venezolanos, con diferentes visiones y argumentos, pero con un único objetivo de incrementar la producción de petróleo per sé. En el caso de LL/GB, a estos los impulsa la visión fiscal de buena parte de nuestros dirigentes, según la cual a mayor producción petrolera habrá más ingresos para el país, vía recaudación fiscal, y por consiguiente habrá más recursos para el gasto público. 

Si tal crecimiento de la producción petrolera implica violar las cuotas acordadas en la OPEP (y estimular una guerra de producción dentro de la Organización o salirnos de ella), degradación del medio ambiente, agotamiento de los yacimientos, incremento de la deuda ecológica o, lo que es peor, trastocar las relaciones del mercado energético mundial con el petróleo, eso no interesa para nada, pues no son elementos a considerar por esta visión. 

Lo fundamental aquí es mantener la carrera ascendente en los ingresos fiscales a través de la tripleta Regalía/ISLR/Dividendos, no importando si dicha tripleta no justiprecie la actividad económica singularizada: edad, desgaste y química del yacimiento, volúmenes de producción, tecnología, ambiente, inversión y retorno de capital; es decir, mal justiprecia los derechos económicos del Estado y sus ciudadanos, y legítima transferencia de renta al capital petrolero. 

Y como para que no quede duda alguna de la pretensión neoliberal de mercado que envuelve la propuesta LL/GB, afirman: “Esto significa darle prioridad al volumen” (sic). Claro que sí, pues de lo que se trata es de volúmenes, el precio aquí no figura para nada, pues eso es oropel, dado a que el mercado debe estar por encima de todo, y por lo tanto hay que producir todo el petróleo que demande el mundo desarrollado, sin importar el precio que nos den por él, eso es lo de menos. 

Así, con la mayor sinceridad, al hablar de la Apertura Petrolera afirman: “Con la apertura, Venezuela elevó su producción de petróleo en cinco años de manera importante, superando una vez más la marca de los 3 millones de barriles diarios hacia 1996” (p. 100); pues claro que elevó su producción, pero violando las cuotas de la OPEP e incumpliendo los compromisos contraídos en Viena, e instigando a los demás miembros a hacer lo mismo, y sin embargo, a qué precios? Esa fue la razón principal, y nuestro país el primer responsable de esa caída de precios; precisamente ese incremento fue lo que tumbó los precios de venta o realización, y llevó la Cesta Petrolera Venezolana a un precio promedio anual en 1998 de 10,57 dólares el barril (U$B). No obstante, para los autores de la obra analizada, lo importante es que superamos una “vez más la marca de los 3 millones de barriles diarios“; o sea, se trata es de “superar marcas”, sin importar los daños o perjuicios que causen a la seriedad, responsabilidad y reputación del país. Cómo si el negocio petrolero no fuera algo serio, y simplemente se tratara de juegos Olímpicos, de que hay que “superar marcas” y llegar primero, como también solía apuntar el no bien recordado ex presidente de PDVSA Luis Giusti: “Somos los primeros proveedores de crudo de los EE.UU.” (1998), claro que lo éramos, pero a qué precios, a 7,15 U$B. Después fuimos los quintos o sextos pero a 65 y 97 U$B (una pequeña diferencia).

AUMENTO DE LA PRODUCCIÒN     

En cuanto al planteamiento sobre aumentos de producción los autores de la ya referida obra (LL/GB) son sinceros al mitificar y endiosar el aumento de la producción petrolera, debido muy seguramente a la veneración que sienten por el mercado, lo cual a su vez los lleva a despreciar, y colocar -como ya dijimos- en un tercer plano, el precio de esta materia prima que es sabia vital para los países industrializados. 

Cuando hacen referencia a los recortes de la OPEP para finales de la década de los 80, y el cumplimiento de los mismos por parte de Venezuela, afirman: “Esto impidió que se compensara la caída de los ingresos petroleros por la vía del volumen (…)” (p. 94). Igual dijo Luis Giusti por aquellos tiempos: “Compensaremos la caída de los precios con más producción” (El Nacional, 27 feb. 1998, p. E/1), y los precios seguían cayendo, mientras él se aferraba a lo que llamó la “estrategia volumétrica de producción” (altos volúmenes por bajos precios). Exactamente lo que proponen LL/GB ¿No fue acaso esto lo que fracasó en la década de los ´90, y que coadyuvó a que la cesta petrolera venezolana llegara a un vil precio promedio anual, como ya lo señalamos. Vender menos a cambio de altos precios, hasta ahora ha sido lo aconsejable y exitoso para la OPEP. La lección que impone la experiencia del mercado petrolero, es que es preferible sacrificar barriles en función de los precios y no sacrificar los precios en función de barriles; sino preguntémoselo a los sauditas que acaban de pasar otra prueba (Ago. 2014-Dic. 2016) y que le costó el puesto a Ali Naime (anterior ministro de petróleo saudita), pues Arabia Saudita dejó de percibir cerca de 79 mil millones de dólares (MMMU$) por la caída que tuvieron los precios del petróleo, mientras ellos pretendían sacar a lutitas (“esquistos”) del mercado sobre cargando la oferta de crudos, y los países de la OPEP en su conjunto “perdieron” (dejaron de percibir) cerca de 800 MMMU$, mientras que los países desarrollados (altamente consumidores de petróleo) se ahorraron la “modesta” cantidad de 815 MMMU$. Para quién trabajamos, entonces….? 

También es posible que en esta coautoría de la “Venezuela Energética” haya pesado más la visión de Gustavo Baquero (GB), ingeniero industrial -no petrolero-, que la de Leopoldo López (LL), economista, en su visión netamente ingenieril, lo que no disculpa a LL de responsabilidad alguna de lo que en dicho libro se dice. Esta es la visión de una gran parte de los ingenieros (petroleros), que se formaron únicamente para perforar rocas metamórficas o sedimentarias y extraer petróleo. Nacieron, crecieron, se formaron y se desarrollaron académicamente solo para producir crudos, y si esa producción es cada año más agigantada es más gloriosa para ellos, así se sentirán más realizados profesionalmente. Ahora, cuánto repercutirá esa producción en el seno de la OPEP, o cómo ello impactará en el mercado mundial del petróleo y sus consecuencias en los niveles de precios, eso no importa para nada, pues no es problema de ellos, “eso es irrelevante” (D. González); y solo se limitan a tomar en cuenta la presión, profundidad, volumen, temperatura, velocidad, etc… en procura de incrementar la producción, pues su función y objetivo es exclusivamente la producción per se.

No hay pensum de estudio alguno en las escuelas de ingeniería de nuestras universidades que contenga una sola asignatura de economía petrolera ni de política petrolera. Solo esto explica dislates como el ya citado: Esto impidió que se compensara la caída de los ingresos petroleros por la vía del volumen (…)” (p. 94), dicho esto para referirse a tiempos en que los precios estaban cayendo, debido a una de las mayores sobre ofertas que ha tenido el mercado del petróleo, es solo de ignaros de la economía. 

Los ingenieros petroleros suelen salir de las universidades sin el más mínimo conocimiento de estas materias, y por lo tanto desconocen los vasos comunicantes que tiene la producción petrolera en lo económico y político, el plus que le agrega al precio la geopolítica del petróleo. Ellos solo saben producir petróleo (con algunas excepciones de quienes sí estudian economía y política petroleras)  pero no saben venderlo, puesto que si desconocen de economía petrolera ignoran variables, conceptos, categorías, parámetros, códigos, etcétera, que son esenciales en la comprensión de la estructura de la formación del precio del petróleo, y para formular políticas petroleras conforme al interés nacional, geopolítico y geoestratégico de la nación y de la región.

Es probable también que en este punto haya privado la visión de LL por encima de la de GB, igualmente lo que no disculpa a GB de responsabilidad alguna de lo que allí se expresa. Es la visión percibida en algunos de nuestros economistas (que no han estudiado petróleo) independientemente de las universidades de donde hayan egresado, que creen que a mayor producción petrolera necesariamente habrá de inmediato mayores ingresos por concepto de exportación de petróleo. 

En esto, básicamente incurren aquellos economistas, con cierta tendencia neoliberal, que creen que el mercado debe estar por encima de todo, incluso del interés nacional, y por lo tanto tenemos que producir todo el petróleo que podamos o que nos demande el mundo industrializado, que a su vez son los mayores consumidores de crudo, sin importarnos los precios. 

Según algunos de ellos, los países petroleros pierden su tiempo “preocupándose fundamentalmente por el nivel de precios por barril, en lugar de por la producción de barriles” (A.Garcia Banch, El Universal 03 Sep. 2012). Esto lo dice todo. Su endiosamiento y veneración por el mercado (donde “la mano invisible” supuestamente corrige y arregla todo) los lleva a despreciar, y a veces hasta satanizar, el precio de una materia prima no renovable y que es indispensable para el mundo desarrollado. Llegan a afirmar falacias como esta: “para independizarnos del petróleo debemos, primero, incrementar su producción” (Idem). Estos son los llamados fundamentalistas del mercado, que anatematizan precios y endiosan mercados, y partiendo de allí se convierten en los màs acérrimos detractores y adversarios de la OPEP, porque según dicen la Organización distorsiona y perturba el libre mercado; es una piedra en el zapato para la libre competencia y los mercados supuestamente “abiertos”. Para ellos, los intereses del mercado privan por encima de los intereses del país. 

Finalmente, debemos afirmar que el discurso político, por lo general, siempre ha sido antagónico al discurso energético y petrolero, pero no estaría mal que de vez en cuando este discurso este potenciado del buen juicio y la prudencia, que aconsejen mantener una política racional de producción y conservación del petróleo como recurso natural agotable, pero que deberíamos preservar también para las actuales generaciones, las próximas y las que vengan después de ellas. Es lamentable que venezolanos que pretenden convertirse, en el futuro, en Jefes de Estado, se dejen contagiar por el “síndrome del aumento” de la producción petrolera, atraídos muy seguro por la tan conocida libre competencia” y por el anhelado incremento de la renta de los hidrocarburos en función del gasto público. Bien les valdría asesorarse mejor en la formulación de políticas petroleras ciertas, conformes y concatenadas al interés nacional. 

En la próxima entrega (III) nos referiremos al planteamiento que hacen LL/GB en su libro “Venezuela Energética”, sobre lo que los autores llaman “Democratización del petróleo” y el “Fondo Patrimonial de los Venezolanos”. Pero, si deseamos reafirmar que, para nada, queremos la actual PDVSA (la “roja rojita”), la de Rafael Ramírez y Alì Rodríguez, la de Eulogio Delpino y Nelson Martínez; pero tampoco queremos la PDVSA anterior, la que fracasó en su política petrolera de los años 90, la que presidio Luis Giusti y Erwin Arrieta, la de Quirós Corradi y José Toro Hardy, la de los petro-espías y la que ocultaba estadísticas, la que le hacía trampas a la OPEP y maquillaba informes y adulteraba cifras. Sí es posible una TERCERA PDVSA, una PDVSA honesta, transparente, eficiente y apegada al interés nacional, que ame más a Venezuela que al libre mercado, y que vele más por los intereses de la nación que de los países desarrollados. 


Economista-Petrolero, Jefe de la Cátedra de Economía y Política Petroleras EEI/FaCES/UCV