Cástor González Escobar: ¿Cuál es el problema?

Cástor González @castorgonzalez

Corría el año 1992 y se abrían las apuestas en una campaña electoral donde muy pocos apostaban al entonces gobernador del modesto Estado de Arkansas en los Estados Unidos, Bill Clinton, quien desafíaba al poderoso y experimentado presidente norteamericano George H.W. Bush, quien venía nada menos que de invadir a Irak en la famosa operación Tormenta del Desierto, y a Panamá con la operación Causa Justa, que derivó en la captura del dictador Manuel Antonio Noriega; y en ese escenario y con dichos precedentes, se hizo presente la genialidad de James Carville, estratega de la campaña de Clinton, con una frase que pasaría a la historia como un mantra poderoso sobre el cual se desarrolló toda una campaña. Así, como en el chiste de los fenicios, los demócratas hicieron suya como su arma más poderosa ante cualquier argumento de la campaña de Bush, la famosa afirmación “Es la economía, estúpido”. Con ello, pusieron de relieve y en el centro de la opinión pública, el hecho de que poco importaba que el candidato y presidente Bush fuese el campeón de la defensa del mundo, si su casa se estaba derrumbando con una economía disfuncional. Y de allí, el resto es historia.

En el caso de Venezuela, donde venimos escribiendo durante dos décadas con sangre, sudor y lágrimas una historia que será estudiada en todas las escuelas de ciencia política del mundo como la receta aplicada para acabar con la estafa política más grande del siglo veintiuno, resulta imposible resumir en una sola afirmación, tal como lo hizo Carville, la causa de tanta desgracia y destrucción, pues no se trata solo de la economía, la corrupción, la inseguridad, la salud, la educación, la injusticia, los servicios públicos, o la gasolina y lo que ello representa en un país otrora petrolero, ni los derechos humanos. Todas estas circunstancias son en su conjunto el coctel preparado con una receta empaquetada en La Habana, con el cual se ha logrado intoxicar a treinta millones de almas, y con el que se ha impidido una reacción proporcional a la devastación causada por el fraude del desgobierno.

Ante la evidencia, es fácil concluir entonces que lo que sufrimos los venezolanos como problemas en nuestra vida cotidiana, no son tal, sino más bien efectos, cuyo origen es un proyecto que nunca ni de lejos fue cercano a lo que vendió y promovió, donde la intención fue siempre defraudar y secuestrar, como en efecto la hizo, la esperanza de un país que sucumbió al discurso de un vengador populista, que es donde radica la génesis de nuestros males, acentuada eso si desde hace poco más de un lustro, por una mezcla de impericia, negligencia y maldad.

Internamente y gracias a nuestra destacada diáspora en el exilio, desde hace mucho rato venimos gritando y denunciando al mundo lo que ocurre en Venezuela, y por suerte, finalmente el mundo se dio cuenta y lo confirmo con un informe presentado por la Misión de Determinación de Hechos de la ONU a su Consejo de Derechos Humanos, el cual como señaló Francisco Cox, miembro de dicha Misión, en respuesta a la descalificación expresada por Arreaza, es riguroso, sustentado y sólido, a lo que podemos agregar que el mismo es en extremo perturbador y no apto para espíritus sensibles. Por ello, qué duda cabe a esas alturas de que el problema se reduce a quienes detentan el poder.

Si el problema es entonces lo que denominan la coalición dominante, la pregunta que cabe es, ¿qué haremos los venezolanos?, y por supuesto, ¿qué hará la comunidad internacional con lo que ya es evidente? Y la respuesta tal vez la anticipó San Juan Pablo II hace ya treinta y cinco años, cuando nos dijo: “no tengáis miedo”. ¿Quién dijo miedo?

Abogado. Presidente del Centro Popular de Formación Ciudadana -CPFC-
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